Por Javier García Blanco
Las distintas civilizaciones que han poblado nuestro planeta manifestaron durante su desarrollo un notable interés por los astros visibles en el firmamento. Esta atracción se convirtió en toda una “fiebre” cósmica, generalmente vinculada a cultos religiosos o labores agrícolas, y en muchos casos permitió a estas culturas alcanzar un alto grado de desarrollo económico y protocientífico. Estos son diez de los santuarios más singulares que se conocen…
En la actualidad, nuestros astrónomos
intentan desentrañar los secretos del Universo con la ayuda de
potentísimos telescopios y avanzados satélites espaciales. Sin embargo, a
efectos prácticos, nuestra civilización vive ajena a lo que ocurre en
el firmamento. La llegada de la electricidad favoreció el “despegue” de
una revolución tecnológica pero, a cambio, el desarrollo de las grandes
urbes y la contaminación lumínica nos alejaron aún más del hermoso
espectáculo que ofrece el cielo nocturno.
Un escenario radicalmente distinto al
que vivieron la totalidad de las civilizaciones que se desarrollaron en
la Antigüedad. Los pueblos neolíticos, los antiguos egipcios, mayas,
incas, chinos, hindúes… todas aquellas culturas mostraron un inusitado
interés por el Cosmos. No en vano, sus creencias religiosas y el
desarrollo de su cultura estuvieron, en muchos casos, irremediablemente
unidos a los fenómenos astronómicos. Por este motivo no resulta extraño
que los sacerdotes de aquellas civilizaciones fueran al mismo tiempo
avezados astrónomos, y que sus templos y centros sagrados más
importantes fueran erigidos teniendo en cuenta lo que ocurría en el
firmamento. Gracias a aquellos complejos conocimientos astronómicos hoy
podemos disfrutar de algunas de las construcciones más fascinantes de la
Historia, en cuyos cimientos, orientación y dimensiones comenzamos a
descubrir un sorprendente simbolismo cósmico.
1.- ANGKOR WAT (CAMBOYA).
En la actualidad, más de un millón de turistas visitan cada año los restos de la enigmática ciudad de
Angkor,
en las densas y exuberantes selvas del norte de Camboya. Sin embargo,
desde su nacimiento en el siglo IX hasta su “redescubrimiento” más de
mil años después por el explorador francés
Henri Mouhot, sus increíbles construcciones habían permanecido ocultas a los ojos occidentales.
Vista de Angkor al amanecer. Crédito: Wikimedia Commons.
La gigantesca ciudad –es la mayor urbe
preindustrial del mundo, y llegó a tener una superficie de 3.000
kilómetros cuadrados– está salpicada por más de mil templos, lo que la
convierte en uno de los enclaves sagrados de Asia. Sus orígenes están
ligados a la cultura del
Imperio Jemer,
y vivió una época esplendorosa hasta el siglo XV, cuando la capital se
trasladó a Ponme Penh. Pese a la fascinante acumulación de edificios
religiosos, entre el patrimonio de la urbe camboyana destaca
especialmente el llamado templo de
Angkor Wat. Esta construcción data del siglo XII, y fue erigida por orden del rey
Suryavarman II (1113-1150) en honor al dios hindú
Vishnú.
El llamativo templo posee una planta rectangular, y está separado del
terreno circundante por un foso inundado. Para acceder a su interior hay
que pasar un puente en su lado oeste, que conduce a una calzada recta
que lleva al visitante hasta la puerta principal. Básicamente, Angkor
Wat está compuesto por tres terrazas, cada una más pequeña que la
anterior y situada a mayor altura. En la parte central, la más elevada,
destacan cinco torres, una central más alta y otras cuatro que la
rodean.
Sin duda, la visión de este templo,
enclavado en el paisaje camboyano, resulta espectacular. Sin embargo,
sus secretos más fascinantes, relacionados con la astronomía, no son
visibles a simple vista. En primer lugar, Angkor Wat es una evocación en
la tierra del
monte Meru,
centro del universo y residencia de las divinidades según la mitología
hindú. Un simbolismo cósmico que adquiere forma con las cinco torres del
santuario, que evocan los cinco picos de la montaña sagrada.
A otro nivel, las sorpresas son aún
mayores. En 1976, varios científicos estadounidenses daban a conocer, a
través de las páginas de la publicación científica Science¹,
unas conclusiones sorprendentes. Los sacerdotes-astrónomos camboyanos
emplearon en la construcción del recinto una medida conocida como “codo
camboyano”, cuya longitud equivale a 0,43545 metros.
Tras examinar concienzudamente las dimensiones del templo, los
investigadores descubrieron que los arqueólogos del templo habían
codificado en ellas mensajes de naturaleza calendárica. Así, si
observamos los muros exteriores del recinto descubrimos que tienen una
longitud de doce veces 365,24 codos. Es decir, la
duración exacta del año solar. Igualmente, los ejes norte-sur y
este-oeste del recinto interior donde se eleva la torre central arroja
una cifra casi idéntica: 365,37 codos, un número que vuelve a aludir al ciclo solar anual.
Plano esquemático de Angkor Wat (Camboya). Crédito: Wikimedia Commons.
Pero aún hay más. Si medimos la
distancia existente entre distintos puntos que aparecen en el recorrido
del eje este-oeste del edificio, encontramos varias cifras expresadas en
codos: 1.728, 1.296, 864 y 432. Multiplicando por mil cada una de estas
cifras, obtenemos exactamente la duración en años de los distintos
periodos de tiempo de la mitología hindú: Krita Yuga, Treta Yuga, Dvapara Yuga y Kali Yuga.
El estudio publicado por Science
desvelaba también la existencia de varias orientaciones astronómicas
con ciertas partes del templo. Los investigadores registraron hasta un
total de veintidós alineaciones, aunque destacan especialmente tres. En
el equinoccio de primavera, un observador situado al comienzo del puente
que conduce a Angkor Wat, observará con asombro que el Sol surge de
madrugada justo sobre la torre central del conjunto. Tres días después,
el fenómeno se repite si variamos unos metros nuestra posición.
Curiosamente, la cultura temer celebraba el año nuevo en el equinoccio
de primavera, y por espacio de tres días.
En este misma entrada oeste encontramos
otros alineamientos destacados. El día del solsticio de verano, el Sol
se eleva para el observador justo sobre la colina sagrada de Phnom Bok,
a unos 17 kilómetros de Angkor Wat. Por el contrario, en el solsticio
de invierno, el fenómeno se produce en dirección sudeste, y en este caso
el Sol nace justo en el cercano templo de Prasat Kuk Bangro.
2.- ABU SIMBEL (EGIPTO).
El
templo mayor de Abu Simbel,
magistralmente excavado en la roca y con sus esculturas colosales
custodiando el acceso al edificio, es hoy uno de los enclaves más
visitados por los turistas ávidos de conocer el país de los faraones. Y
es precisamente aquí, en este lugar sagrado erigido en la época de
Ramsés II, donde encontramos uno de los ejemplos más llamativos y hermosos de edificios orientados astronómicamente.
Fachada del templo de Ramsés II en Abu Simbel (Egipto). Crédito: Wikimedia Commons.
Su particular ubicación ha permitido que, durante siglos, el sol obrara un curioso “milagro”. El
22 de octubre y el
22 de febrero
–según algunos autores, dos días después de la fecha de aniversario de
su llegada al poder y de su cumpleaños, respectivamente– los rayos del
sol naciente atraviesan el umbral del templo, alcanzando e iluminando
tres esculturas, correspondientes a
Ra Harajti,
Amon-Ra y el propio monarca divinizado. Una cuarta estatua, que representa al dios
Ptah,
permanece siempre a oscuras, seguramente porque en el panteón egipcio,
este dios está vinculado con el inframundo. La importancia de este
“milagro solar” obtenido mediante orientación astronómica es tal que,
cuando en 1964 el edificio tuvo que trasladarse por las obras de la
presa de Asuán, los ingenieros de la
UNESCO que
dirigían los trabajos escogieron una ubicación concreta en la que se
repitiera el efecto lumínico. Esta es la razón de que actualmente el
fenómeno se retrase dos días, pues en la época de su construcción tenía
lugar el 20 de octubre y el 20 de febrero.

El rayo de sol ilumina las esculturas de Amon-Ra, Ramsés II y Ra-Harajti, dejando en penumbra al dios Ptah.
No es la única sorpresa que posee el
templo mayor de Abu Simbel. A la derecha de las colosales estatuas
sedentes que representan al faraón hay una capilla de reducidas
dimensiones, dedicada a Ra Harajti. Este pequeño santuario también está
orientado astronómicamente, en este caso a la salida del astro rey en el
solsticio de invierno.
3.- PIRÁMIDE DE KUKULKÁN, CHICHÉN ITZÁ (MÉXICO).
La ciudad maya de
Chichén Itzá,
en plena península del Yucatán, fue fundada en las primeras décadas del
siglo VI d.C. Galardonada por la UNESCO con el título de Patrimonio de
la Humanidad, sus cerca de quince kilómetros cuadrados están poblados
con sorprendentes construcciones como la de
El Caracol o el
Templo de los guerreros.
Precisamente, la primera de ellas ha sido señalada por muchos
investigadores como un posible edificio destinado a las observaciones y
cálculos astronómicos, a los que los mayas eran tan aficionados. Pese a
que El Caracol cuenta con una fisionomía que recuerda a nuestros
modernos observatorios, no hay evidencias concluyentes de que cumpliera
dicha función. Muy distinto es el caso de la
pirámide de Kukulkán,
bautizada por los conquistadores españoles como “El Castillo”. Este
templo, construido por los mayas en el siglo XII, está compuesto por una
estructura piramidal de nueve alturas y cuenta con sendas escalinatas
en sus cuatro caras. En sus orígenes, la pirámide fue dedicada al dios
Kukulkán,
término maya que significa “serpiente emplumada”, una advocación que
resulta evidente al observar las numerosas decoraciones que representan a
este animal mítico.

Templo de Kukulkán, Chichén Itzá. Crédito: Foto Emilio
Al igual que en el caso de Angkor Wat,
el templo maya esconde en su forma y dimensiones varias claves
astronómicas. Los mayas desarrollaron un calendario solar de carácter
agrícola, compuesto por dieciocho meses de veinte días cada uno. Esto
daba un total de trescientos sesenta días, a los que se sumaban otros
cinco, llamados uayeb, considerados nefastos.
Un vistazo detenido a la pirámide nos
desvela datos llamativos en este sentido. Las cuatro escalinatas que
ascienden hasta el templo superior están formadas por 91 escalones. Multiplicando esta cifra por las cuatro escalinatas, obtenemos 364 y si le sumamos la plataforma superior, el resultado es de 365, igual al número de días del calendario Haab.
De forma paralela, los mayas contaban con un segundo calendario de carácter sagrado, llamado Tzolkin, formado por trece meses de veinte días, que daban un total de 260 días. Este calendario sagrado se unía al Haab en una rueda calendárica. Esto daba lugar a unas combinaciones de ambos calendarios que se repetían cada 18.980 días (o 52 años).
En cada una de las fachadas de la
pirámide, si sumamos los escalones que existen a ambos lados de la
escalinata central, obtenemos el número dieciocho, una cifra que coincide con el número de meses del calendario Haab. Además, en el basamento de cada fachada hay veintiséis paneles con decoración en relieve. Una cifra que, sumada a los veintiséis paneles del lado contrario, arroja 52, el número de ciclos del calendario Haab en la rueda calendárica.
Aunque estas llamativas correspondencias
numéricas resultan curiosas, hay otro elemento astronómico en la
pirámide mucho más espectacular. En la actualidad, Chichén Itzá sufre
una auténtica invasión de visitantes coincidiendo con los equinoccios de
primavera y otoño. En esos días, al atardecer, se produce un
sorprendente fenómeno que revela importancia astronómica y simbólica del
templo mexicano. Cuando esos días el Sol inicia su descenso, parte de
las escalinatas del templo comienzan a proyectar un juego de sombras en
el lado norte-nordeste. Dichas sombras adoptan la forma de una especie
de serpiente geométrica, que con el paso de las horas va descendiendo
por la escalinata, como si el propio dios hubiera hecho acto de
presencia, hasta llegar a una cabeza de serpiente emplumada que existe
en el arranque de la escalinata. El fenómeno tarda en completarse unas
cinco horas, y permanece visible durante unos
cuarenta y cinco minutos.
Esta simbología cósmico-religiosa se
completa con otros fenómenos similares, que se producen en los
solsticios. En el de verano, al amanecer, el Sol ilumina durante quince
minutos los lados norte-nordeste y sur-sudeste, quedando los dos
restantes sumidos en la oscuridad. En el solsticio de invierno, el
fenómeno se repite, aunque en este caso al atardecer, y con las fachadas
oeste-nordeste y sur-sudeste iluminadas y las contrarias en oscuridad.
4.- SEGEDA (ZARAGOZA), UN SANTUARIO ÚNICO.
En el año 2003, un grupo de arqueólogos que trabajaba en el yacimiento celtibérico de
Segeda,
en la comarca de Calatayud (Zaragoza), descubrió por casualidad una
plataforma formada por dos muros de grandes dimensiones (10 y 16,6
metros de longitud) construidos por sillares de hasta 500 kilogramos de
peso. En un primer momento los expertos creyeron que se trataba de una
construcción defensiva, pues se hallaba a las afueras de la ciudad, pero
estudios posteriores parecían indicar que se trataba de otra cosa.
¿Pero qué?
Fue el profesor Martín Almagro Gorbea quien, recordando otros yacimientos europeos, decidió probar suerte con la arqueoastronomía. Tras contactar con Manuel Pérez Gutiérrez, profesor de astronomía y geodesia de la Universidad de Salamanca,
tomaron datos exhaustivos en el enclave y, al traspasarlos a programas
informáticos de simulación astronómica, descubrieron que el ángulo
formado por los muros descubiertos señalaba claramente al cercano cerro
de la Atalaya, pero también a la puesta de sol en el solsticio de verano
hacia el año 200 a.C., probable fecha de la construcción. Para
confirmar los datos arrojados por los ordenadores, el equipo se desplazó
el 21 de junio de 2009 hasta el lugar, presenciando in situ el
fenómeno. “Fue algo impresionante, un momento mágico”, explicó Francisco Burillo, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza y director de las excavaciones.
Recreación de las alineaciones astronómicas de Segeda. Crédito: Universidad de Zaragoza.
Con aquellos datos, los científicos
determinaron que el enclave podía considerarse “el primer santuario
celtíbero identificado y vinculado con una ciudad”, lo que le dotaba de
mayor importancia si cabe. Con el paso de los meses y la continuación de
los estudios, esta consideración no sólo se vio confirmada, sino
ampliada. Durante el Congreso Internacional de Astronomía Cultural
celebrado en Alejandría en octubre de 2009, Burillo y su equipo
presentaron los hallazgos realizados hasta la fecha, destacando que el
santuario de Segeda “es único en su género”.
El sol poniéndose sobre el cerro de la Atalaya en el solsticio de verano. Crédito: Universidad de Zaragoza.
“Queríamos confirmar lo que intuíamos, y
es que habíamos encontrado algo de lo que no existe paralelo en la
Antigüedad en el Mediterráneo”, explicó Burillo. “Y sí, aunque en la
Antigüedad hubo construcciones dedicadas al solsticio y al equinoccio,
no hay nada como lo que hemos encontrado”, añadió. Además de la
alineación de la plataforma con el solsticio de verano, fecha en la que
el sol se pone exactamente sobre el cercano cerro de La Atalaya, los
arqueólogos han determinado también...
otras llamativas alineaciones
astronómicas. Así, la piedra angular de la construcción está orientada
de forma perfecta con la puesta de sol en los equinoccios, lo que se
produce sobre otro cerro, el de Valdehornos –algo que pudieron comprobar
también in situ en septiembre de 2009–, y el resto de los muros de la
estructura señalan perfectamente al norte geográfico y a la llamada
“Parada Mayor” o Ciclo Metónico de la Luna (que se produce cada 19
años), respectivamente.
Por todos estos motivos, los arqueólogos
consideran que la estructura hallada a las afueras de Segeda constituye
un “ejemplo único” de calendario lunisolar, utilizado además con fines
religiosos. “Allí se construyó un calendario monumental, un espacio
abierto de ritualización astronómica, especialmente con el Sol, lo que
ratifica la importancia que éste tuvo en la cultura celtibérica. Va a
contribuir a conocer mejor la sacralidad en el Mediterráneo durante la
Antigüedad”, explicó Burillo.
Puesto que aún hay parte del yacimiento
sin excavar, los expertos no descartan nuevos hallazgos que demuestren,
por ejemplo, alguna alineación más, en este caso relacionada con las
estrellas.
5.- CHANKILLO (PERÚ).
Las ruinas de
Chankillo,
en el desierto de la costa peruana, y a unos 400 kilómetros de Lima,
poseen el honor de ser el observatorio solar más antiguo de América,
pues sus orígenes se remontan al siglo IV a.C.
Ruinas de Chankillo, Perú.
Básicamente, Chankillo consiste en una
especie de fortificación elevada sobre una colina, cerrada mediante tres
gruesos muros concéntricos de forma ovalada. En el interior del último
muro destacan dos construcciones redondas y una rectangular. Lo más
interesante de este yacimiento, sin embargo, se encuentra a un kilómetro
de la fortaleza, en dirección Este. Allí, en lo alto de una loma de
trescientos metros de longitud con una orientación norte-sur, destaca
una hilera de trece “torres”, separadas entre sí por una distancia de
unos cinco metros.
Esquema con las alineaciones astronómicas de Chankillo.
Hasta hace unos años, la atención de los
arqueólogos e investigadores se había dirigido casi por completo a la
fortaleza, sobre la que aún hay dudas respecto a su auténtica función.
Pero en el año 2007, un equipo internacional de arqueólogos de las
universidades de Yale (EE UU) y Leicester (Reino Unido), descubrió que
las “torres” de Chankillo tenían una importancia mucho mayor de lo que
aparentaba a simple vista.
Desde el siglo XIX, distintos autores
habían sugerido un posible significado astronómico para aquellas
estructuras, pero nadie elaboró una hipótesis de trabajo, ni se
desarrollaron estudios más completos. Fue Ivan Ghezzi, un estudiante de la Universidad de Yale
quien, en 2001, decidió profundizar en la cuestión mientras realizaba
una tesis sobre construcciones bélicas de la región. Seis años más
tarde, en 2007, su trabajo dio sus frutos con la publicación en la
revista Science² de sus conclusiones y las de sus colegas de
investigación. Tras realizar distintas mediciones, los arqueólogos
descubrieron que las torres están orientadas en función de la salida y
puesta de Sol en los solsticios y equinoccios. Tales alineamientos son
visibles desde sendas estructuras ubicadas a ambos lados de la hilera de
torres, y en las que se han encontrado restos de utensilios empleados
en sacrificios.
Uno de los espectaculares alineamientos del sol en el yacimiento peruano.
Desde el punto de observación situado al
oeste de las torres –el mejor conservado– era posible contemplar la
salida del Sol en los solsticios, que coincidía con la primera torre en
el caso del solsticio de verano, y con la última en el caso del
solsticio de invierno. Desde el punto de observación ubicado al Este,
por el contrario, era posible contemplar la puesta de Sol. Pero además,
las trece torres tenían también otro cometido: registrar el movimiento
solar a lo largo del año, de forma que cada diez días, el Sol surgía por
un hueco distinto de los existentes entre las trece torres.
6.- NEWGRANGE (IRLANDA).
El túmulo de
Newgrange
es una de las tumbas de tipo corredor más célebres y singulares que se
conservan. Sus piedras han visto pasar, desde su construcción por los
pobladores neolíticos de Irlanda, la friolera de 5.300 años. En
realidad, no se trata más que de un dolmen –de gigantescas dimensiones,
eso sí–, cubierto por un túmulo circular de tierra, rodeado en su parte
inferior por piedras de cuarzo blanco que realzan su estampa.
Túmulo funerario de Newgrange (Irlanda). Crédito: Wikimedia Commons.
El túmulo alcanza los cincuenta metros
de diámetro, mientras que el corredor o pasillo que conduce desde la
puerta hasta la zona de enterramiento –en forma de trébol–, se alarga
por espacio de diecinueve metros. Su función era, por tanto, funeraria,
aunque con unas características poco habituales.
En la fecha de su construcción, hace más
de cinco milenios, y sólo durante el solsticio de invierno, tenía lugar
un auténtico “milagro solar”. En el amanecer de esos días, los primeros
rayos del Sol se abrían paso a través de un ventanuco existente en la
puerta, atravesando limpiamente los diecinueve metros de corredor para
terminar iluminando un muro de cierre, en el que está grabada una
hermosa espiral triple. Un instante mágico y único, pues no volvía a
repetirse hasta el año siguiente, siempre y cuando el clima lo
permitiera.
Han pasado más de cinco mil años desde
que sus constructores erigieran Newgrange, y en ese tiempo el cambio de
posición del eje terrestre ha provocado que el fenómeno ya no sea
visible en la fecha de los solsticios. A cambio, en la actualidad los
responsables que custodian el monumento megalítico han instalado un
sistema eléctrico que reproduce artificialmente el “milagro del Sol”.
Entrada al túmulo mortuorio de Newgrange. Crédito: Wikimedia Commons.
Se han barajado muchas hipótesis para
explicar la curiosa orientación astronómica del túmulo. Algunas sugieren
que Newgrange fue utilizado como observatorio para determinar la fecha
del solsticio de invierno, y de este modo elaborar el calendario. Sin
embargo, este punto parece poco probable. Si tenemos en cuenta la
función de la construcción (enterramiento), y puesto que el solsticio de
invierno marca el momento del año en el que el Sol “renace” y se inicia
un nuevo año, es muy probable que el fenómeno solar tuviera una función
simbólica, relacionada con un mensaje de resurrección o de la vida en
el más allá. Una posibilidad nada descabellada si tenemos en cuenta que
el único “capaz” de presenciar el milagro solar en primera persona era
el difunto allí enterrado.
7.- TORRE DE LOS VIENTOS (ATENAS).
Uno de los edificios de planta octogonal más antiguos que se conservan es la llamada
Torre de los Vientos,
una singular y bella edificación situada en el ágora romana de Atenas,
justo a los pies de la Acrópolis. Esta curiosa torre data de mediados
del siglo I a.C., y fue construida por el arquitecto macedonio
Andronikos de Khyrros.
La torre, de unos 12 metros de altura y ocho de diámetro, está
realizada en mármol pentélico, y en cada uno de los lados de su octógono
—que están orientados a los puntos cardinales y los intermedios—
aparecen representados, una a una, las divinidades griegas de los
vientos: Bóreas, Apeliotes, Euro, Noto, Cecias, Lipso, Escirón y Céfiro.
Vista general de la Torre de los Vientos (izquierda), con la Acrópolis al fondo. Crédito: Javier García Blanco.
Esta peculiar «rosa de los vientos»
pétrea estaba coronada por una cúpula de madera, rematada con una
pequeña escultura de bronce que cumplía las funciones de veleta y que
señalaba en todo momento qué viento era el que estaba soplando. Casi
todas las fuentes de la época lo citan como un horologion, un
sofisticado artefacto destinado a medir el tiempo de distintos modos.
Aún hoy pueden contemplarse en algunos de sus lados, y justo debajo de
las representaciones de cada dios del viento, varillas metálicas y
surcos grabados en el mármol que servían para calcular la hora y,
también, la posición de los planetas. En el interior de la torre existía
un complejo reloj de agua mediante el que era posible realizar los
cálculos durante la noche y en los días nublados.
Detalle de las varillas y las marcas usadas para calcular la hora. Crédito: Javier García Blanco
8.- ISLA DE PASCUA (CHILE).
Las célebres y enigmáticas estatuas pétreas de la isla de Pascua podrían
estar erigidas siguiendo una llamativa alineación astronómica. Esa es
la conclusión a la que han llegado, tras un estudio preliminar, el
antropólogo chileno Edmundo Edwards y el astrónomo español Juan Antonio Belmonte, uno de los mayores expertos mundiales en arqueoastronomía.
Los dos investigadores estudiaron la disposición de treinta ahus
–plataformas sobre las que se colocaban los moais– y llegaron a la
conclusión de que, pese a lo que se creía hasta ahora, las estatuas no
están orientadas a la salida o la puesta de sol durante solsticios o
equinoccios (salvo excepciones), sino que más bien podrían estar
“mirando” a estrellas de las Pléyades o a la constelación de Orión, conjuntos estelares que tuvieron gran importancia para los antiguos pobladores de Rapa Nui.
Moais en Rapa Nui. Crédito: Wikimedia Commons.
Precisamente, la investigación surgió a
raíz de que Edwards escuchara a los más ancianos de la isla curiosas
historias sobre el cinturón de Orión (llamado tautoru, “los tres bellos”) y las Pléyades (matoriki
o “pequeños ojos”). Según las antiguas creencias de la isla, el
principio del año estaba marcado por la “salida” de las Pléyades antes
del amanecer durante el solsticio de invierno, mientras que su visión en
el atardecer durante la estación de Hora Nui coincidía con la temporada
de pesca, una época en la que también se celebraban importantes
rituales a los antepasados (representados por los moais).
Además, los investigadores destacaron la
existencia de dos curiosas piedras en un rincón de la isla. Una de
ellas es conocida como “piedra para observar las estrellas”, mientras
que la otra parece representar un mapa estelar, que aludiría a las
Pléyades en relación con la temporada de pesca. Pese a todo, el
astrónomo español señaló que puesto que hay más de un centenar de ahus en la isla, sería necesario un completo estudio de todos ellos para confirmar sus hallazgos preliminares.
9.- PETRA (JORDANIA).
Ubicada al sur de los actuales territorios de Palestina y Siria, la
cultura nabatea –que vivió su mayor desarrollo entre los siglos III a.C.
y II d.C.–, no goza hoy de la popularidad de otras civilizaciones
mediterráneas de la Antigüedad. Y, sin embargo, este pueblo nos legó una
de las más hermosas construcciones realizadas jamás por la mano del
hombre: la ciudad de
Petra, capital del reino nabateo.
Fachada del templo conocido como “El Tesoro”, Petra. Crédito: Wikimedia Commons.
Sus templos y monumentos excavados en la
roca, en muchos casos semiocultos por los desfiladeros, alcanzaron una
gran popularidad tras su aparición en una de las aventuras de Indiana Jones,
y hoy son un atractivo destino turístico para millones de turistas
llegados de todos los rincones del globo. Sin embargo, pocos visitantes
conocen las complejas claves astronómicas que se esconden en este
recóndito enclave del desierto jordano.
Al igual que en la Antigüedad, el primer
edificio de importancia que recibe hoy al visitante es “El Tesoro” o Al
Jazna. Se trata de un monumento excavado en la roca rosácea sobre el
que todavía se discute si fue la tumba del rey Aretas IV (9 a.C.-40 d.C.), un templo dedicado a Isis-Al Uzza
(una divinidad nabatea identificada con el planeta Venus), o ambas
cosas a un mismo tiempo. Los estudios realizados por el investigador
español José Antonio Belmonte –ya citado anteriormente–, revelan que el
edificio está orientado en dirección al desfiladero de As Siq, y desde
su fachada era posible observar una porción celeste donde se producía la
salida más septentrional de la Luna o el planeta Venus.
Continuando el paso en dirección hacia
el centro de la ciudad, el visitante se encuentra con las tumbas reales
talladas en la cara oeste de la montaña Yebal al Jubza. Lo más curioso
en términos astronómicos es que dichas tumbas están orientadas de tal
forma que desde su ubicación es posible contemplar directamente la
puesta de Sol en los equinoccios. Estas fechas tenían una gran
importancia para los nabateos, pues el tiempo que coincidía con la
primera Luna posterior a los equinoccios estaba relacionado con el culto
a los muertos, algo que parece encajar con la orientación de las tumbas
reales.
Otro de los elementos arqueoastronómicos
de la ciudad se encuentra cerca de las tumbas reales. Se trata de dos
obeliscos de unos seis metros de altura, dedicados a las divinidades Dushara y Al Uzza,
que tienen la peculiaridad de estar orientados en función de los
equinoccios. Por esta circunstancia, al amanecer y al atardecer de estas
fechas del año, la sombra proyectada por uno de ellos se superpone
sobre el otro. El significado de este espectáculo de luz y sombra, tal y
como explica Belmonte, es todavía desconocido.
Tumbas reales de Petra. Crédito: Wikimedia Commos.
Las claves astronómicas de Petra se
completan con el llamado “Templo de los Leones”, dedicado a la diosa Al
Uzza. Fue construido en el siglo I d.C., y su orientación parece estar
relacionada con la puesta de la estrella Canopo, un astro que gozó de
gran importancia entre los pueblos árabes preislámicos. Finalmente, el
“Castillo de la Princesa” o Ksar Al Bint, estaría orientado, a falta de
estudios más detallados, a una de las estrellas de la constelación de la
Osa Mayor.
10.- KORICANCHA, CUZCO (PERÚ).
La ciudad de
Cuzco, capital del antiguo
Imperio Inca,
fue desde su fundación una urbe sagrada. Según algunas tradiciones, el
propio término de “Cusco” significaría “centro” en lengua
quechua, y en ella confluirían los tres niveles cósmicos: el mundo inferior, el mundo visible o terrenal y el mundo superior.
El Koricancha o Templo del Sol, Cuzco (Perú). Crédito: Wikimedia Commons.
Gracias a los trabajos realizados en los últimos años por investigadores como
Brian Bauer o el matemático y arqueoastrónomo
Giulio Magli, se ha podido saber que los antiguos incas diseñaron la ciudad en función de ciertas “líneas sagradas” llamadas
ceques. Estas líneas, hasta un total de cuarenta y dos, confluían en un punto central donde, curiosamente, los incas construyeron el
Koricancha o
Templo del Sol,
en la actualidad convertido en templo cristiano bajo el nombre de
convento de Santo Domingo. Además de confluir en dicho templo, los
ceques
conectaban también con otros puntos de la geografía local, que eran
considerados sagrados por los antiguos habitantes de Cuzco.
Curiosamente, muchos de estos
ceques contarían además con otra
peculiaridad, pues estarían orientados a la salida del Sol en los
solsticios de verano o invierno. Esta peculiar mezcla de elaboración de
un paisaje sagrado y orientación astronómica se completaría, según el ya
citado Magli, con la recreación en la disposición urbanística de la
ciudad de una “constelación” con forma de puma, visible en una parte de
la Vía Láctea, porción del firmamento que tenía una gran importancia
para los antiguos incas.
NOTAS:
¹ GIFFORD, Fred, MORÓN, Eleanor y STENCEL, Robert. “Astronomy and cosmology at Angkor Wat”.
Science, Vol. 193, nº 4250, pp. 281-287, 23 de julio de 1976.
²
GHEZZI, Ivan y
RUGGLES, Clive. “Chankillo: a 2300-year-old solar observatory in coastal Pery”.
Science, Vol. 315, nº 5816, pp. 1239-1243, 2 de marzo de 2007.
BIBLIOGRAFÍA:
-BELMONTE, Juan Antonio. Las leyes del cielo. Ed. Temas de hoy. Madrid, 1999.
-KAK, Subhash. “The solar numbers in Angkor Wat”.
Indian Journal of History of Science, 34, 1999.
-MAGLI, Giulio. Mysteries and discoveries of archaeoastronomy. Copernicus books. New York, 2005.
-RUGGLES, Clive. Ancient astronomy: an encyclopedia of cosmologies and myth. ABC-CLIO, Inc. Santa Barbara, 2005.
-YOUNG, Kelly. “Ancient solar observatory discovered in Peru”.
New Scientist, marzo 2007.
-VV.AA. Heritage sites of astronomy and archaeoastronomy in the context of the UNESCO World Heritage Convention. A thematic study. ICOMOS. París, 2010.
No hay comentarios:
Publicar un comentario