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jueves, 1 de diciembre de 2011

Comerse a Dios: TEOFAGIA

Publicado por alman en Iberaldea



Comerse a Dios es una frase que tendría que sonar monstruosamente en los oídos de cualquier persona racional y civilizada. Y sin embargo en el cristianismo, aunque velada con términos místicos, no sólo es una frase habitual y perfectamente admitida sino que es una realidad cotidiana, si hemos de creer lo que nos dicen los teólogos y jerarcas.
La teología cristiana no sólo tiene la audacia de hacer encarnar a Dios, y hacerlo morir de manera ignominiosa sino que se atreve a encerrarlo, gústele a Dios o no, en un pedazo de pan, en virtud de un abracadabra que poseen ciertos seres humanos y que pueden utilizar cuando les venga en gana. Éste es ni más ni menos el poder que tienen los sacerdotes católicos y episcopales de «consagrar», convirtiendo mediante unas sencillas palabras, el pan y el vino en el verdadero cuerpo de Cristo.
Y cuando la Iglesia Católica dice «consagrar» no está diciendo que acepta el pan como un símbolo o que dedica aquel vino a que represente la sangre de Cristo. Para la Iglesia Católica «consagrar» significa cambiar o convertir radicalmente una cosa en otra. En este caso cambia la sustancia del pan y del vino en el cuerpo del Hijo de Dios.


Éste es el importante dogma de la transubstanciación o del cambio de sustancia que se da en la materia del pan y del vino. Las palabras con las que se enuncia semejante fenómeno son sencillas, pero lo que ellas encierran es de tal envergadura que se necesitaría todo un libro para poder explicarlo.
Intentaremos un poco ingenuamente explicar en un capítulo lo que ha tomado centenares de libros, en...
pro y en contra, concilios, escisiones seculares en la Iglesia y, forzoso es decirlo, ríos de sangre.
Pero antes de nada, tendremos que tener en cuenta, que a pesar de tratarse de algo tan importante, por lo menos una cuarta parte de los cristianos del mundo no admiten el dogma de la transubstanciación tal como lo entienden los católicos: y si bien es cierto que en la Iglesia griego-ortodoxa la admiten poco más o menos como los católicos, también es cierto que en la actualidad hay millones de católicos que en la práctica no lo admiten ya que no se acercan nunca a recibir la comunión, y si se les preguntase cómo entienden ellos el dogma, a duras penas podrían saber de qué va la cosa. Ante algo tan importante dentro de la Iglesia, uno de nuevo tiene derecho a suponer que tal creencia ha tenido que ser clara y definitiva desde un principio y que tiene que haber sido instituida de una manera completamente definida por el mismo Cristo. Pero de nuevo nos encontramos con la inexplicable realidad de que la cosa no ha estado nada clara nunca, y que esa falta de claridad viene desde el momento mismo en que el rito fue instituido por Jesucristo, si es que en realidad él pretendió instituir un rito.
Por supuesto que para quien estudie u hojee un manual de teología católica, el sacramento de la eucaristía no presenta duda alguna; fue instituido por el mismo Cristo tal como lo cree y practica en la actualidad el catolicismo, y en la Iglesia no ha habido nunca duda acerca de ello. Pero las cosas distan mucho de ser así, como veremos enseguida.
Según la teología católica, el sacramento de la eucaristía lo instituyó Cristo en la Última Cena, tal como nos lo cuenta San Mateo en el capítulo 26 vers. 26-29:
≪Mientras estaban comiendo tomo Jesus pan y pronunciada la bendicion lo partio y dandoselo a sus discipulos dijo: “Tomad, comed, este es mi cuerpo’. Tomo luego un caliz y dadas las gracias se lo dio diciendo: “Bebed de el todos, porque esta es mi sangre de la alianza que va a ser derramada por muchos para remision de los pecados”≫.


Que Cristo quisiera establecer un pequeño rito en medio de una comida familiar o fraternal, con el cual recordasen las generaciones futuras el sacrificio que él estaba a punto de hacer, no hay dificultad alguna en admitirlo. Pero de eso a todo el mito eucarístico que tenemos en la actualidad, tal como se manifiesta, por ejemplo en una misa pontifical, con todo su montaje dogmático-litúrgico-folklórico, hay un abismo. Deducir la increíble doctrina de la transubstanciación, de las sencillas palabras de Cristo en la Ultima Cena, es tener una imaginación demasiado viva. Y admitir, por otro lado, semejante cosa, es demostrar demasía credulidad.
Porque la Iglesia católica ha enseñado durante los últimos quince siglos, sin tener de ello la más mínima duda, que después de las palabras del sacerdote en la consagración, aquello que parece pan y vino, deja de serlo para convertirse en el verdadero cuerpo y sangre de Jesucristo. Es decir, que el que toca el pan está tocando a Cristo en persona, y el que bebe el vino está bebiendo la sangre de Cristo.
En su afán por enfatizar el acto conmemorativo de la Ultima Cena de Jesús, los piadosos Padres de la Iglesia y las autoridades romanas, se extralimitaron. Creer semejante exageración es renunciar al sentido común y a la racionalidad más elemental.
Los protestantes han considerado las palabras de Jesús y el rito recibido de la primitiva iglesia cristiana, como algo simbólico. Se atienen a las palabras finales del mismo rito de la consagración «Haced esto en recuerdo mío». Es decir «Bendecid el pan como yo lo he bendecido y comedio fraternalmente entre Vosotros, y al hacerlo, acordaos de estos momentos en que estoy con vosotros, muy poco tiempo antes de mi pasión».
Algún autor protestante, aduce como prueba de que no hay tal conversión y la sustancia del pan sigue siendo la misma después de la consagración, el hecho de que a lo largo de la historia se conocen varios casos de personas que han sido envenenadas con hostias consagradas’. Dice él, no sin alguna lógica, que en estos casos habría que atribuirle el envenenamiento al mismo Jesucristo. (Cuando uno comienza admitiendo disparates, no hay que extrañarse de que la llamada teología, llegue al campo de lo absurdo. De hecho llegó muchas veces, por ejemplo en la famosa y ridícula controversia que los dominicos tuvieron contra los franciscanos en tiempos del papa Sixto IV, acerca de si la sangre derramada por Cristo en la cruz se había separado de la divinidad. Los dominicos decían que no y los franciscanos, que sí. Parece que eran menos devotos. ¡Qué solemne ridiculez!).
Es un hecho notable el que hasta el siglo XI, y más tarde en el siglo XVI con la gran escisión protestante, no haya habido en la Iglesia herejías serias sobre la presencia de Cristo en la eucaristía. Y digo que es un hecho notable porque es completamente natural que los cristianos, ante un hecho tan extraordinario, tan milagroso y tan increíble como es la conversión de un pedazo de pan en el cuerpo del Hijo de Dios, se preguntasen cómo podía realizarse semejante cosa y cómo había que entenderla, ya que los ojos decían que allí continuaba habiendo un pedazo de pan.

La primera duda tenía una fácil explicación: el infinito poder de Dios; pero la segunda había que explicarla. ¿En qué forma estaba el cuerpo de Cristo encerrado en la hostia? Ante la infinidad de contestaciones que se le pueden dar a esta pregunta, es lógico, como dije, que hubiese habido a lo largo de los siglos muchas explicaciones y divisiones; y sin embargo vemos que hubo muy pocas y sin importancia hasta el siglo XI, sobre todo si las comparamos con las que hubo acerca de la trinidad y de las diversas personas de ella.
El hecho de que no haya habido discrepancias en este particular, no quiere decir que en la Iglesia cristiana haya habido unanimidad de criterio en cuanto al «cómo» de la presencia de Cristo en la hostia.. Las hubo; pero como muy pronto en la Iglesia apareció la intolerancia, se hizo peligroso el discrepar. No sólo por el peligro de ser excomulgado, sino por algo peor.
1 Uno de estos fue el rey frances Luis el Debil. Y hay algunas sospechas de que el rey castellano Enrique IV murio de la misma manera, cuando se empenaba en evitar que Isabel ≪la Catolica≫ le usurpase el trono a la legitima heredera la Beltraneja. Tambien hay sospechas de que el papa Victor III murio tras beber en la misa un caliz envenenado. Una de las principales causas de que no hubiese más herejías en cuanto al dogma de la eucaristía y en cuanto a muchas otras cosas discutibles dentro de las creencias cristianas, es la que apuntamos en el párrafo anterior: el miedo. En cuanto se produjo el maridaje de los poderes civil y eclesiástico —entre los siglos VI y VII— la represión comenzó a apretar más y más las gargantas de los que querían disentir. A veces los obispos farisaicamente, para no mancharse de sangre, remitían a los disidentes «al brazo secular», aun a sabiendas de que «el brazo secular» era feroz. Y por su parte, las potestades civiles se valían de las «herejías» de ciertos disidentes sociales para sacarlos del medio.
Para darle al lector una somera idea de cuán pronto los representantes de aquél que se llamó a sí mismo «manso y humilde de corazón» empezaron a ser intolerantes y a reprimir toda idea religiosa que no estuviese de acuerdo con las suyas, le daremos un brevísimo panorama de cómo estaban las cosas en este particular en la Edad Media, una vez que los gobernantes de la mayoría de las naciones de Occidente habían abrazado ya el cristianismo.
Tan temprano como en el año 385 fue degollado en Tréveris (Alemania) el piadoso obispo de Ávila, Prisciliano, con todos sus compañeros de herejía. La sentencia oficial dictada por el emperador Máximo, los acusa del «crimen de magia» pero la realidad era que Prisciliano, aparte de ser un purista y un severo censor de las costumbres relajadas del clero y del pueblo cristiano, era un librepensador en cuanto a la interpretación de las Sagradas Escrituras. Es cierto que el autor material de la condena y del suplicio fue el emperador, pero detrás de él había dos Pilatos —los obispos Hidacio e Itacio— lavándose y frotándose las manos. Ellos, como en tantas otras ocasiones en la historia de la Iglesia y de Europa, fueron los que indujeron a las autoridades civiles a que castigasen las herejías que eran un «peligro para la estabilidad del reino».
No se puede negar que siempre ha habido voces de eclesiásticos que se levantaron contra semejantes monstruosidades que van contra la esencia del evangelio. Pero tampoco se puede negar que el pensamiento general, y en épocas oficial, de la Iglesia fue el de favorecer la represión absoluta de toda doctrina que fuese contra los dogmas esenciales, sin excluir la pena de muerte.
Vea el lector con qué mojigato cinismo uno de los más famosos pontífices de la historia, San León Magno, aconseja en una carta a Santo Toribio, obispo de Astorga (siglo V) a propósito de las torturas a los herejes:
≪…si es cierto que la mente sacerdotal rehuye los castigos cruentos, tambien es cierto que pueden ayudar las severas leyes de los principes cristianos, porque hay gente que recurre al remedio espiritual cuando temen el suplicio corporal≫.
¡Qué frecuente ha sido esta untuosidad y gazmoñería eclesiástica en palabras tras las cuales sólo hay política, ambición o deseos de venganza! De sobra sabía San León Magno cómo eran de bárbaras las «severas leyes de los príncipes cristianos».
Por las mismas fechas, San Juan Crisóstomo en Oriente, decía que la Iglesia no puede matar a los herejes, pero sí reprimirlos, quitarles la libertad de hablar y disolver sus reuniones.
Me permito en las líneas siguientes, extractar unos párrafos de la «Historia de la Iglesia» de la Biblioteca de Autores Cristianos, escrita por tres Padres jesuitas, a los que no se puede acusar de detractores de su propia Iglesia. ≪Hasta el siglo XII no piensan los Papas en que la herejia tiene que ser reprimida por la fuerza. Es entonces cuando, alarmados por la invasión de predicadores ambulantes que sembraban la revolución religiosa, y a veces la revolución social, mandan a los príncipes y reyes que procuren el exterminio de las sectas≫.


Así se escribe la historia. Y así la escriben estos buenos Padres jesuitas que no son tan buenos cuando afirman que hasta el siglo XII los Papas no pensaban en la fuerza para reprimir las herejías, Los hechos que ellos mismos nos cuentan en los cuatro tomos de su historia, dicen lo contrario. Y los hechos que ellos callan y que otros historiadores nos cuentan, también dicen lo contrario.
Pero sigamos echando un vistazo a la represión de las herejías en aquellos tiempos, guiados por estos mismos autores.
Constantino el Grande —el que unció la Iglesia cristiana al carro del Estado utilizándola para afianzar su imperio y afianzarse él como emperador— les confiscó los bienes a los donatistas y los mandó al destierro (año 316). Al hereje Arrio y a dos obispos que rehusaron suscribir el credo de Nicea, los desterró al Ilírico. El emperador Teodosio —otro que se valió en grande de la Iglesia para hacerse él «el grande»— amenazó con castigos a todos los herejes (año 380); prohibió sus reuniones (381); quitó a los apolinaristas, eunomianos y maniqueos el derecho a heredar, e impuso la pena de muerte a los encratitas y otros herejes (382). Estas leyes fueron confirmadas por el emperador Arcadio en el 395, por Honorio en el 407 y por Valentiniano III en el 428. Más tarde, Teodosio II, Marciano y Justiniano añadieron otras, declarando infames a los herejes y condenándolos al destierro, privación de sus derechos civiles y confiscación de sus bienes.
Faltaban todavía muchos años para el siglo XII. Los emperadores bizantinos del siglo IX promulgaron durísimas leyes contra los paulicianos. Alejo Comneno (1081-1118) al fin de su reinado, mandó buscar al jefe de los bogomilos, Basilio, y a sus secuaces; muchos de ellos fueron encarcelados y Basilio fue quemado en la hoguera.
A medida que fue avanzando la Edad Media, fueron apareciendo herejías más «peligrosas», de acuerdo a las autoridades civiles y eclesiásticas, y la represión fue también haciéndose más violenta, hasta desembocar en la horrenda Inquisición que fue una especie de enfermedad mental o de «delirium tremens» que le entró al cristianismo a finales de la Edad Media.
La historia nos dice que en el 1022, diez eclesiásticos de Orleans, convictos de maniqueísmo, fueron degradados, excomulgados y quemados vivos. Y no satisfechos, al año siguiente quemaron trece más.

En 1052 el emperador Enrique III de Alemania, que pasaba las Navidades en Goslar, mandó ahorcar a un grupo de cátaros. (Piadosa manera de celebrar la Navidad el cristiano emperador). Raúl Glaber refiere además la muerte de otros herejes hacia el 1034 por orden de los magistrados, no sólo en Francia, sino en Italia, Cerdeña y España. En Francia lo que se les daba era el fuego; en Alemania la horca; en Inglaterra, a treinta herejes, el rey Enrique II en 1166 los hizo marcar en la frente con un hierro al rojo vivo y después de azotarlos en público, prohibió que nadie les diera alojamiento por lo que en invierno murieron de frío. En Flandes se extremaba también la crueldad con los herejes hacia 1183, confiscando sus bienes y mandando a la hoguera a nobles y plebeyos, clérigos y caballeros, campesinos, doncellas, viudas y casadas. Todavía sin salirnos del punto de vista prejuiciado con el que narran la historia los tres autores jesuitas, nos encontramos con el «bárbaro rigor», tal como ellos definen las salvajadas de Pedro II de Aragón contra los valdenses. Felipe Augusto de Francia hizo quemar a ocho cátaros en Troyes en 1200, uno en Nevers al año siguiente, otros muchos en 1204, y obrando como rey «christianis-simus et catholicus», hizo quemar a todos los discípulos de Amaury de Chartres: hombres, mujeres, clérigos y laicos.
Y todo esto no fue más que los comienzos de las horrendas matanzas que en los primeros quince años de este mismo siglo habría en el sur de Francia, con motivo del exterminio de los cátaros. Estos «herejes» que si de algo pecaban era de ser fanáticamente puristas y austeros, y de haber estrechado la interpretación de las escrituras hasta límites enfermizos, fueron salvajemente exterminados por varios caudillos «cristianísimos» entre los que sobresalió una bestia humana llamada Simón de Montfort al que el papa Inocencio III le dio el título de «católico ferviente y admirable» y de «hijo predilecto del Papa», títulos a los que el propio Concilio de Letrán añade el de «Paladín de la cristiandad». No hay palabras con que describir los horrores de estas «guerras religiosas», ni el odio fanático que rezumaban los «cruzados», ni las mundanas intrigas de los «vicarios de Cristo» que por esta época regían los destinos de la Iglesia, entre los que descolló Inocencio III.

Vea sólo un botón de muestra el lector, tomado del libro de P. Guirao «Herejía y tragedia de los cataros»: Simón de Montfort, en su avance por tierras del mediodía francés encontró una dificultad en Lavaur, donde una mujer llamada Geralda o Giralda se le opuso al frente de cien caballeros.
Esta singular hembra era hija de una «investida» o sea una cátara pura que había renunciado a todo por la salvación de su alma.
≪Giralda era hermana de Aymeric de Montreal y estaba encinta de varios meses. A pesar de esto, cuando las huestes de Montfort lograron tomar la fortaleza en donde se habían refugiado cerca de cuatrocientos cataros, la valiente Giralda fue arrojada a un pozo.
Primero la sacaron arrastrando del castillo, sin más prendas que su larga cabellera, la echaron al hoyo y luego echaron piedras hasta cegarlo, pudiendo ser oídos los gritos de la infortunada durante largo tiempo. Por su parte, los cataros fueron quemados en una gran hoguera≫.
Según nos cuenta Gerard de Sede en «El tesoro cátaro» (Plaza y Janes), en la toma de Beziers por las huestes de Simón de Montfort en 1209, murieron alrededor de 20.000 personas en su mayoría cátaros; y otros 20.000 en la toma de Muret en 1212.
Y no se crea que todos estos horrores se debían al fanatismo de algunos exaltados como Simón de Montfort, o a las ambiciones políticas disfrazadas de celo religioso del rey Pedro de Aragón, no. En todas estas salvajadas de comienzos del siglo XIII que ennegrecen la historia del cristianismo, nos encontramos en primera fila a obispos alentando al asesinato y al exterminio de los «enemigos de la santa religión». Y no sólo a obispos; el mismo Papa es el principal instigador de todos estos horrores. Éste envía como legado a Pierre de Castelnau que, al no lograr lo que pretendía del Conde de Tolosa, Raimundo VII, lo excomulga y pronuncia la célebre frase: «Quien os desposea, bien hará y quien os hiera de muerte, bendito será».
Ante esto, Inocencio III hace un llamamiento en pro de una cruzada para exterminar a los cátaros y publica para ello una bula. He aquí un resumen de ella, en la que uno se queda pasmado viendo con qué cinismo se usa el nombre de Dios y con qué engreimiento se mezclan las ambiciones humanas con los castigos divinos:
≪Consideramos que debemos advertir a nuestros venerables hermanos los obispos y a exhortarlos por el Espíritu Santo, ordenándoles estrictamente que hagan tomar fuerza a la palabra de paz y de fe sembrada por Pierre Castelnau…≫
≪En cuanto a aquellos que virilmente se ciñan y armen contra estos herejes apestados que atacan a la  vez la paz y la verdad, se les promete con toda seguridad la remisión de sus pecados, concedida por Dios y por su Vicario…≫
Continúa animando a los súbditos del Conde a que se rebelen contra él y se queden con sus tierras y posesiones, y termina con esta arenga: “!Adelante, pues, soldados de Cristo! !Esforzaos por pacificar estas poblaciones en nombre del Dios de paz y amor! !Aplicaos a destruir la herejia por todos los medios que Dios os inspire!”.
Por lo que hemos visto más arriba el medio que Dios y sus representantes les inspiraron fue el fuego, la horca, el degüello y el -pillaje.
Según los historiadores, el total de muertos por los dos bandos en la «Cruzada» contra los cátaros y albigenses (que se extendió todavía durante todo el siglo XIII) supera las cien mil personas.
Pero volvamos a las herejías específicas contra la eucaristía. Todos estos sacros horrores que acabamos de mencionar fueron traídos para explicarle al lector una de las razones de por qué no hubo herejías contra la eucaristía hasta tan tarde, en la historia de la Iglesia. Por lo que el lector acaba de ver, a medida que fue pasando el tiempo se fue haciendo más difícil discrepar, y entrado ya el siglo XIV, discrepar en cuestiones religiosas, en la mayor parte de Europa era sinónimo de cárcel o de muerte, una vez instituido el Santo y Demente Tribunal de la Inquisición.
La doctrina de la transubstanciacion fue resistida y contestada desde los primeros tiempos del cristianismo. Aunque la palabra «transubstanciación» no aparece hasta el siglo XII, usada por Hildeberto de Lavardin, lo que con ella quiere decir la Iglesia en la actualidad ya era ciertamente defendido por algunos autores en los comienzos del cristianismo. Pero probablemente era una afirmación minoritaria, ya que nos consta que muchos de los principales teólogos de los tres primeros siglos tenían opiniones diferentes de cómo había que entender la presencia de Cristo en la hostia. He aquí algunos ejemplos:
Tertuliano (muerto en 220) (Contr. Marc.) “Cristo, habiendo tomado el pan y habiéndolo distribuido a sus discípulos lo hizo su cuerpo cuando dijo: “este es mi cuerpo” es decir, “la figura” de mi cuerpo≫.
Efren (S. VI) (Dial, contr. set, nat. Dei) ≪El Señor tomando en sus manos el pan, dio gracias y lo partió en figura de su cuerpo inmaculado y bendijo e! caliz en figura de su sangre preciosa≫.
Teodoreto (S. IV) (Dial. con Eutiches) ≪Después de la consagración el símbolo místico no cambia su propia naturaleza pues permanece en su primitiva sustancia figura y forma≫.
S. Juan Crisostomo (s. IV) (Epist. Ad Cesareum) ≪El pan, después de la consagración es digno de ser llamado el cuerpo del Senor, aun cuando la naturaleza del pan permanece en el≫.
Eusebio (s. III-IV) (Demostr. 1,1) ≪Hemos sido ensenados a celebrar sobre la mesa de conformidad con la ley del Nuevo Testamento, con los simbolos del cuerpo y la sangre de Cristo, la memoria de aquel sacrificio≫.
San Agustin (s. IV-V) (Ep. 23 ad Boif.) ≪El Señor no tuvo dificultad en decir: “este es mi cuerpo” cuando daba la señal de su cuerpo y de su sangre≫.
Gelasio I, papa (s. V) (Tratado de las dos naturalezas) ≪El sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo es verdaderamente cosa divina; pero el pan y el vino permanecen en su sustancia y naturaleza de pan y vino≫.
Vigilio I, papa (s. VI) (cont. Eutiches 1, II) ≪La carne de Cristo cuando estaba en la tierra no estaba en el cielo, y ahora, como esta | en el cielo, no esta en la tierra≫ (!!).
Como podemos ver, las ideas no estaban muy claras y, ante un hecho tan extraño como la conversión de un pedazo de pan y de un vaso de vino en nada menos que el cuerpo y la sangre de Dios, los Doctores y el pueblo preferían no ahondar, dejándolo a la imaginación de cada uno. En el siglo IX y X aparecieron las primeras dudas y controversias en Francia, sobre todo, protagonizadas por Pascasio Radberto, Rabán Mauro y Escoto Eriúgena, del cual son estas palabras, que confirman lo que venimos diciendo acerca de la poca claridad en torno al tema: «El sacramento del altar no es el verdadero cuerpo y sangre del Señor sino solamente un recuerdo de su verdadero cuerpo y sangre».
En el siglo XI Berengario de Tours se rebela abiertamente contra la doctrina de la transubstanciación y a partir de entonces, valdenses, cátaros, albigenses, y los grandes reformadores protestantes, con Lutero a la cabeza, se unen a esta rebelión contra la presencia «real» de Cristo en la Eucaristía.
La doctrina sobre la eucaristía no es, pues, unánime en el cristianismo. A lo que tenemos que añadir que la doctrina «eucarística», es decir la creencia de que Dios se hace comestible, por increíble que esto suene, tampoco es original del cristianismo como enseguida veremos.
De hecho, es algo que lo llena a uno de admiración el encontrarse el mismo rito y la misma creencia, tan extraños de por sí, en otras religiones. Esto lo lleva a uno a pensar que tiene que haber un secreto y profundo mecanismo que inconscientemente fuerza al ser humano a inventar y a practicar semejantes creencias y ritos.
Si esto lo encontrásemos sólo en una religión se lo achacaríamos a la mente especialmente calenturienta del visionario fundador. Pero no es así. El rito eucarístico, de una u otra forma, lo encontramos en unas cuantas religiones anteriores al cristianismo y practicado con la misma fe y la misma entrega de mente con que se practica y se cree en el cristianismo de hoy.
Esto nos lleva a pensar en la teoría de los arquetipos de Jung: esos modelos universales hacia los que tiende la mente humana de una manera inevitable e inconsciente. Nos lleva a pensar en la necesidad profunda que el hombre siente de seguridad, de sentirse protegido por Dios, y la manera mejor de lograrlo es sintiéndose físicamente fundido con él tal como lo logra en la eucaristía, comiéndoselo. Es una forma primitiva e irracional de solucionar el profundo miedo vital, la constante incertidumbre que el ser humano tiene ante la existencia y ante el Universo.
Creo que hay otras maneras más radicales de explicarse este extrañísimo rito de la comunión; pero no es este libro el lugar adecuado para discutirlas.
Veamos ahora cómo se practicaba la eucaristía en las religiones anteriores al cristianismo.
En la misma Biblia tenemos en el capítulo 14 y 18 del Génesis. Una temprana noticia acerca del pan y del vino consagrado como alimento religioso. Se trata del pasaje en el que Melquisedec, rey y al mismo tiempo sacerdote de una religión pagana, bendijo a Abraham, padre del judaismo. Faltaban entonces alrededor de años para que naciese Cristo.
Pero no es esta la primera ocasión en que el pan y el vino aparecen como principales elementos litúrgicos, y por ello no es extraño que Melquisedec conociese y practicase el rito, ya que en toda aquella región se practicaba desde tiempos inmemoriales a juzgar por tos documentos que han llegado hasta nosotros.
En efecto, los persas practicaban unas ceremonias que se parecían mucho a nuestro sacramento de la comunión. Los que eran iniciados en los misterios de Mithra tomaban el pan y el vino sagrado, y eran marcados en la frente con una cruz, tal como luego lo practicaban algunos cristianos en la misma Roma a donde los persas habían llevado sus ritos.
Tan parecidos eran los cultos de Mithra y muchas de las creencias del mitraísmo y el mazdeísmo, que los Padres de la Iglesia tuvieron que salir en defensa del sacramento de la eucaristía. He aquí las palabras con que lo defiende San Justino mártir (año 170):
≪Habiendo Cristo tomado el pan, después de dar gracias, dijo:”haced esto en memoria mía; esto es mi cuerpo”. Y habiendo tomado una copa, dando de nuevo gracias, dijo: “esta es mi sangre”. Y se la dio a todos ellos. Esta ceremonia, los malos espíritus, unicamente por imitarnos, se la han ensenado a hacer a los que practican los Misterios y los ritos de iniciación de Mithra. Porque vosotros sabéis o debéis saber que en la consagración de la persona que es iniciada en los Misterios de Mithra, se le dan, con ciertas encantaciones, pan y una copa de vino o de agua≫ (Apol. 1 cap. XVI).


Tertuliano (año 200) en su libro «De Praescriptione Hereticorum», cap. XI, dice poco más o menos lo mismo. Y fue este Padre de la Iglesia el primero que empezó por esta misma razón a llamarle a Satanás el «mono de Dios», porque imitaba las creencias y ceremonias de la verdadera Iglesia de Dios.
Es de notar que en los Misterios de «el Señor» o «el Salvador» —como los persas llamaban a Mithra— lo más frecuente era que mezclasen el agua con el vino, que es, ni más ni menos, lo que la Iglesia cristiana ha hecho siempre y continúa haciéndolo aún hoy en la celebración de la Misa.
Otras ocasiones en las que vemos aparecer el agua y el vino al mismo tiempo que el trigo en las ceremonias sagradas, son los famosísimos Misterios de Eleusis, los Misterios de Adonis y los que se celebraban en honor de Ceres y de Dionisos.
Algún cristiano piadoso me dirá que aquello era diferente. Que la analogía del pan y del vino es sólo una cosa circunstancial, Porque en el cristianismo no sólo bendecimos el pan y el vino sino que nos los comemos creyendo firmemente que en ellos está el cuerpo de nuestro Salvador. Pero resulta que en los
Misterios citados de las religiones antiguas también se comían el pan y se bebían el vino, y los que lo hacían creían comer la carne de Ceres y beber la sangre de Dionisos. La copa de vino consagrado que se hacía circular entre los iniciados se llamaba la copa del «agazodemon» es decir, la copa del <
En Egipto la comunión se practicaba con una especie de oblea gruesa compuesta con harina de trigo, miel y leche en la que se imprimía la señal de la cruz. Tanto ellos como los griegos celebraban una cena ritual a la que llamaban «ágape» en la que practicaban la comunión, lo mismo que hicieron los primeros cristianos durante medio siglo, hasta que debido a los abusos que San Pablo denuncia en sus cartas, separaron el «ágape» de la propia eucaristía, celebrando uno por la mañana y otra por la noche.
He aquí cómo San Epifanio (325-403) nos narra el rito eucarístico de los gnósticos marcosianos que, por supuesto, para él era puramente demoníaco por los prodigios que allí sucedían:
≪En la fiesta congregacional de la Eucaristia llenaban los marcosianos de vino blanco tres grandes vasos de finísimo y transparente cristal. Durante la ceremonia, el vino tomaba, a la vista de todos los fieles, un color rojo de sangre que cambiaba después a purpura y por ultimo a azul celeste. Entonces el celebrante entregaba uno de los vasos a una mujer de la congregación para que lo bendijera y hecho esto, trasegaba el celebrante su contenido a otro vaso mucho mayor diciendo: “Que la gracia de Dios inconcebible e inexplicable que domina todas las cosas, llene tu interno ser y acreciente el conocimiento del que esta dentro de ti…” (Epifanio, “Herejias” XXXIV).
Los judíos también tienen su pan y vino rituales, al igual que lo tenían los enigmáticos druidas. Y si nos remontamos milenios atrás nos encontraremos con el misterioso «soma» de los hindúes: una bebida sagrada —que también era considerada como un dios— que una vez tomada, hacía experimentar al creyente una identificación con la divinidad.

En la comunidad esenia de Qumram también tenían el rito de la «Cena Sagrada» que algunos han considerado como el antecesor directo de nuestra misa, ya que es un hecho histórico, que muchos de los primitivos judeo-cristianos — antes de hacerse la definitiva separación del judaismo y del cristianismo— eran esenios. Y terminaré esta somera presentación de ritos de otras religiones relacionados con la eucaristía, con lo que el historiador José Acosta S. J. nos cuenta en su magna «Historia Natural y Moral de las Indias» (1590). El Padre jesuita, que recorrió gran parte de América estudiando con mucho cuidado las costumbres y religiones de los indios, se asombraba al encontrarse en muchas ocasiones, en tribus y razas completamente diferentes, con que aquellos indios practicaban ceremonias que parecían calcadas en las del cristianismo:
≪Lo que es admirable en el odio y la altaneria de Satanas, es que no solamente ha falsificado idolatricamente nuestros ritos y sacrificios sino tambien nuestros sacramentos con ciertas ceremonias. Cristo Nuestro Senor los instituyo y la Santa Iglesia los usa, pero Satanas tiene especial interes en imitar de alguna manera el sacramento de la comunión que es el mas excelso y divino de todos≫.
El buen padre Acosta, para explicarse lo inexplicable, acude de nuevo a la tesis de Satanás como el «mono de Dios» que ya habíamos encontrado en Tertuliano y Justino Mártir. Pero sospechar que su punto de vista, su propia creencia, su sagrada religión, sea la que está imitando a otras o simplemente sea una religión falsa más, ni se le pasa por la cabeza. Y para gran desgracia de la humanidad, todos los fieles creyentes de todas las religiones piensan igual. ¡Qué débil es la mente humana en ciertos aspectos!
La profunda explicación de un rito tan raro como la eucaristía-comunión, y de un hecho tan extraño como la presencia de él en tantas religiones tan separadas en el tiempo y en el espacio, es la que apuntamos más arriba, y, en el fondo, la que Freud señaló hace ya mucho tiempo: el miedo. El miedo a la muerte y el miedo al más allá. La necesidad profunda que el ser humano tiene de sentirse protegido y defendido por alguien más poderoso que él, De ahí que quiera identificarse con eso que él llama
«Dios», en lo que simboliza todo el misterio de la vida y de la muerte y toda la energía impulsora del Universo. La mente del hombre, aterrada ante su propia tumba abierta esperándole, y sin saber a punto fijo a dónde va, ni si va a alguna parte, se vuelve loca y en su delirio comienza a fantasear cosas disparatadas: inventa dioses, los hace bajar del cielo «encarnándolos», comer, caminar, llorar y sufrir, hasta que acaba matándolos. Pero como el miedo persiste, la mente sigue delirando y los hace resucitar, les hace prometer que volverán, (la famosa «Segunda Venida» que también es frecuente en las otras religiones) hasta que, en el colmo de su delirio, los hace convertirse en pan y acaba comiéndoselos para sentirse identificada con ellos.
Por eso lo que tiene que hacer un espíritu evolucionado es respetar la fe infantil de los que creen que Dios es comestible. Pero por otro lado, el hombre verdaderamente adulto debe ayudar a que sus hermanos dejen de ser niños, religiosamente hablando, y superen los profundos traumas mentales a que fueron sometidos en su niñez y que son los que en la actualidad no les dejan ver que su religión, considerada en bloque, es sólo otro mito más.
Cap. 11 del libro: El Cristianismo, Un mito más, de Salvador Freixedo

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