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sábado, 20 de julio de 2013

La gran historia de Pedro Páez descubridor del Nilo Azul (Etiopía)

 “Está la fuente casi al Poniente de este reino, en la cabeza de un vallecito que se forma en un campo grande, y el 21 de abril de 1618 que llegue a verlo, no parecía más que dos ojos redondos de cuatro palmos de largo (...) Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el Gran Alejandro y el famoso Julio César”.


Historia de Etiopía, I, cap, XXVI

Los que conocen a Páez son auténticos fanáticos del personaje. Le ocurre a Richard Pankurst, un historiados inglés, la máxima autoridad en la historia de Etíopía, en donde vive y en donde ha impartido clases en la Universidad de Addis Abeba durante treinta años. Punkerst dice que Páez, además de un gran diplomático e historiador -como demuestra en su "Historia de Etiopía"fué el auténtico descubridor de Las Fuentes del Nilo Azul. Y se despacha con su paisano James Bruce, diciendo que le considera un tramposo que trató de ocultar las pruebas del auténtico descubridor de Las Fuentes del Nilo Azul , que no fue otro que el genial Pedro Páez.
Por Álvaro Van Den Brule en el confidencial

 

Retrato del explorador y descubridor Pedro Páez.

–Audentes fortuna iuvat (La fortuna ayuda a los audaces). 
Virgilio en La Eneida
Hace ya más de tres millones de años, una pequeña mujer se irguió para ver lo que ocurría tras la tupida maleza en un lugar de la tierra, Etiopía–, en el que todavía hoy se puede percibir con bastante nitidez lo que pudo ser la edad de piedra. En las orillas del olvido, yace en una tumba ignorada junto a las ruinas de una monumental construcción hace tiempo abandonada uno de los personajes más fascinantes que ha alumbrado España.
 
Los restos de la iglesia de Pedro Páez en Górgora
Sobre un suave promontorio que domina las fuentes del Nilo Azul, la tierra que acoge al que probablemente sea uno de los exploradores más preparados e ignorados de nuestra historia, se muestra amable con los restos del yacente. Estilizadas flores de un intenso aroma parecidas a la yúyuba son compartidas al alimón por unas pequeñas mariposas amarillas a la par que afanadas abejas hacen su trabajo en perfecta armonía y sin estorbarse en sus trayectorias.
Es relativamente frecuente ver cómo algunos cooperantes y turistas peninsulares depositan flores silvestres recogidas "in situ" sobre lo que se intuye el lugar donde está más intensamente representada la memoria de tan ilustre prohombre. Asimismo brilla por su ausencia una atención especial por parte de las autoridades diplomáticas españolas ya sea esta a través de una placa conmemorativa o de un embellecimiento mínimamente razonable de la zona aledaña al túmulo. Saturno devora a sus hijos.
Desde estas líneas hacemos una solicitud formal al Cónsul Javier Cuchi y a la Canciller Vicenta Villalta de la embajada española en Addis Abeba que tan buena atención han prestado siempre a todos los españoles que hemos tenido la oportunidad de conocerlos, para que contemplen una solución a este desatino.

Este artículo pretende hacer honor al recuerdo de Pedro Páez y reivindicar sus logros al tiempo que resituar su nombre entre los más grandes de la historia de las exploraciones humanas. Todavía hoy la Enciclopedia Británica no ha sido capaz de rectificar la autoría del descubrimiento de las fuentes del Nilo Azul y sigue adjudicándoselas al masón escocés Bruce de Kinnaird que en su búsqueda del Arca de la Alianza, ciento cincuenta años después hollaría los mismos pasos que a Páez le llevaron a descubrir una de las dos fuentes precursoras de este colosal y mítico río. Hay que recalcar el hecho de que algunos historiadores lusos sostienen la hipótesis de que fue el capitán portugués João Gabriel – gran amigo de Paez–, el que pudiera haber llegado a las fuentes del Nilo Azul antes que el español o con él.

Ingestas de “bun”, insolaciones y erudición
En abril del año 1588, Pedro Páez se embarcaría con otros hermanos jesuitas desde Lisboa hacia la colonia portuguesa de Goa en India. Hay que recordar que en aquel tiempo existía una Iberia bajo cetro común, esto es, dos reinos bajo la misma corona. Con el mandato de sus superiores de cristianizar Etiopía cruzaría con su enorme e inseparable amigo Antoni de Montserrat el Océano Indico y el Mar Rojo en una singladura que les dejaría una huella vital indeleble.
Capturados por los árabes y vendidos como esclavos a los turcos, ambos fueron a dar con su osamenta a galeras. Curioso destino para dos hombres de una erudición fuera de toda duda. Entre ambos sumaban cuatro carreras y doce idiomas. Años después un piadoso comerciante de Moka, propietario de aquella singular pareja de iluminados cautivos, les facilitaría una relación más laxa a cambio de que simularan cierto grado de devoción hacia Allah de cara a la galería, mientras él, su amo, fingía no enterarse de la impostura.
 Es altamente probable que fueran los primeros europeos en probar el café y documentar la experiencia.
 Como bien describe el jesuita en el libro de su periplo, entre las ingestas del "bun" y las tremendas insolaciones contraídas durante la travesía del Rub´al Khali, "la gran habitación vacía" (el desierto que ocupa más de la tercera parte de lo que es hoy Arabia Saudita), estuvieron muy cerca de entrar en un proceso alucinatorio irreversible...

Después de vicisitudes sin cuento, Felipe II, que a la sazón contaba con la que fue posiblemente la mejor red de espionaje de aquellos tiempos, daría órdenes precisas a su gobernador en India, Matías de Albuquerque, para que a cambio de mil coronas se liberara a aquellos dos desdichados de la lacra de la esclavitud, cosa que finalmente sucedería.
El padre Antoni de Montserrat fallecería al poco de arribar a Goa a causa de los estragos causados por las enfermedades sobrevenidas en el cautiverio. Páez, volvería a la carga.

Lucha de doctrinas
De vuelta al proyecto inicial –viajar a Etiopía–, se encontró con que cuatro de los cinco hermanos de la congregación habían muerto en los años precedentes por lo que se puso a convertir relajadamente a la "fe verdadera" a los despistados abisinios, practicantes de un culto, el ortodoxo, con exóticos toques de judaísmo. Los Beta Israel (judíos etíopes) habían hecho algunas sugerencias para alterar el canon ortodoxo local y estos a su vez habían introducido también algunas modificaciones bien aceptadas por los anteriores. Todo quedaba en casa.
Este culto jesuita no se dedico a adoctrinar con énfasis especial a nadie que no estuviera predispuesto a ello; de hecho no se recuerda en su periplo africano que pusiera el acento en reciclar espíritus descarriados.
 Al contrario, actuó más como un antropólogo de campo mimetizándose con los autóctonos y aprendiendo de sus costumbres.

Por entonces, Za Dengel, que era el emperador de aquellos predios en aquel momento del tiempo, contemplaba cómo aquella subversiva doctrina que tan sabiamente exponía Páez sin forzar las mentes se estaba imponiendo sin alharacas. Venciendo las reticencias de un pueblo que dormía en la antigüedad de la noche inmemorial, fosilizado en la aceptación de facto de aquella híbrida miscelánea de animismo, panteísmo y creencias mixtas que convivían en un agradable matrimonio de conveniencia; pensó esta testa coronada que el pueblo comulgaría sin más con aquel nuevo mensaje. Entonces, en un arrebato mal medido, le dio por imponer a sus parroquianos las creencias nuevas sin mediar palabra. Craso error. El iluminado dirigente se salió en la primera curva.
Ocurrió, que se montó a tenor de la súbita y desatinada decisión un colosal follón. Una breve guerra civil acabó con los huesos del interfecto en un abrir y cerrar de ojos.
Los jesuitas siempre mantuvieron una sabia, prudente y profiláctica distancia con RomaSu sucesor, el nuevo gobernante Susinios III, era algo más cabal y menos impulsivo. Impresionado por la brillantez intelectual de Pedro Páez, le otorgaría unas tierras al norte del lago Tana en la península de Górgora. Y no solo esto, sino que además lo convirtió en consejero privado. Fueron años de prosperidad y desarrollo en una comunión tranquila de intereses complementarios.
Páez fundó allá en las nuevas tierras concedidas una misión cuya labor integradora fue modélica. Faro de un modelo de intercambio cultural y no de imposición, su pequeño monasterio albergaba a cualquier lugareño, transeúnte o menesteroso que lo necesitara. Las puertas del mismo estaban siempre abiertas. No existía la propiedad, pues nada había, todo se compartía. El desapego más absoluto era la tónica por la que se regía aquella comunidad de renunciantes. Era una interpretación ajustada del mensaje de aquel Gran Buda esenio que fue Jesucristo. Hay que destacar que los jesuitas siempre mantuvieron una sabia, prudente y profiláctica distancia con Roma, por lo que la polución y el deterioro vaticano raramente llegaría a afectarles.
Para entonces, lamentablemente el celoso clero copto, viendo la progresión de la doctrina importada y su secular influencia amenazada, desataría sus iras contra los católicos. De nuevo la guerra se antojó inevitable. Las matanzas se sucedieron en medio de una atmosfera irracional presidida por las dos caras de un mismo Dios. El mismo Dios que vehementemente era invocado por las partes, al parecer estaba absorto en otros quehaceres más prosaicos o quizás se había quedado algo traspuesto en algún remoto lugar del universo.
Páez no llegaría a ver esta nueva actuación de la estulticia humana. En el año de Dios de 1622 una devoradora malaria le robaría el aliento vital.
La enrevesada trayectoria del Nilo discurre impasible ante el reto del tiempo y su suave discurrir ante la anónima tumba de Páez nos recuerda lo efímero que es todo.

Nota: El fragmento citado de la obra de Páez está extraído del libro de Javier Reverte, "Dios, el diablo y la aventura".

 ---O---







El Jesuita Pedro Paez

Visto en dildy
Paez nació en 1564 en un pueblo castellano que entonces se llamó Olmedo de las Cebollas. Con tan sólo 18 años entró en la orden de los jesuitas en 1582 y empezó a estudiar en la famosa Universidad de Coimbra. Luego pidió a sus superiores que le mandaran a la misión entre los infieles a la lejana Asia. Desde aquél momento, su vida cambió radicalmente e iba convirtiéndose en una novela cautivadora - y jamás volvió a su tierra castellana.
Primeramente, llegó a Goa en el año 1588. Ésa ciudad portuaria de la India fue una colonia de la Corona de Portugal desde 1510 y punto de partida para todas las expediciones portuguesas a regiones en Asia y al este de África y además fue la base para empezar todas las actividades de la misión. Los jesuitas también fundaron un monasterio en Goa para coordinar la misión, no sólo en la India, sino también para mandar desde allí misioneros a China, Japón y al este de África.
Después de un año, Pedro Paez partió para Etiopía. Pero durante su viaje fue capturado por árabes que lo vendieron como esclavo. Así que en medio de una caravana de esclavos, a pie y en cadenas, tuvo que atravesar como primer europeo el desierto yemenito de Hadramaut y pasó mucho tiempo en calabozos subterráneos, como describió más tarde en su libro. Siete años duró su penoso cautiverio, pero supo aprovecharlos para aprender perfectamente el idioma árabe. Finalmente, lo rescataron, y pasó algún tiempo en Goa, antes de que partiera de nuevo rumbo a África y en 1603 llegó a Etiopía.
Primeramete, aprendió el idioma amhárico y más tarde también el idioma litúrgico de la Iglesia ortodoxa de Etiopía llamado Geez - el "latín etíope", así que llegó bien preparado a la corte imperial que se encontraba en aquella época en la ciudad de Górgora en la orilla del Lago de Tana. Allí consigue contraer rápidamente amistad con el Negus Negusti ("Rey de los Reyes"), como se llamaban los emperadores de Etiopía desde siglos. El Emperador Za-Dengel se queda fascinado por aquél extraño forastero, quien habla perfectamente su lengua y había venido desde tan lejos - sólo para conversar horas y horas sobre temas teológicas: Dios, la Sagrada Escritura y el Papa.
¿Por qué Pedro Paez había venido a ese imperio apartado del mundo, a ese país donde iba a quedarse hasta su muerte? ¿Y qué significaba su encuentro con el emperador, qué efectos tenía para la historia política y eclesiástica de Etiopía?
Para los europeos en los albores de la Edad Moderna, quienes sabían poco de aquella parte del mundo, Etiopía era el imperio legendario del "Preste Joao/Juan" - así lo llamaron en muchas crónicas de misioneros y descubridores portugueses y españoles. Creían que era una teocracia, un país gobernado por un soberano que a la vez era rey y sacerdote. Ni siquiera fue tan falsa aquella vaga idea: aunque la Iglesia ortodoxa de Etiopía oficialmente dependía durante muchos siglos del Patriarca de Alejandría, quien solía nombrar al "Abuna Salama" ("Padre de la Paz") - así se llaman los patriarcas etíopes, de facto se desarrollaba independientemente, al menos desde el Siglo XII, desde el reino de la dinastía Zagwe. Y en muchos casos, cuando coincidieron con un patriarca "débil", los emperadores etíopes se convirtieron en los verdaderos príncipes de la Iglesia - y muchos de ellos llevaban el nombre de Juan.
Pedro Paez nos cuenta en su "Historia geral" la leyenda de la fundación y de los orígenes del Imperio Etíope, como aparece en las crónicas imperiales ("Kebra Naghast"). Todo comenzó unos mil años antes de Cristo con la supuesta aventura amorosa del famoso Rey israelita Salomón con la Reina de Sabá la que vino de Etiopía. Todos los emperadores etíopes mantuvieron pertenecer a la dinastía de esa "Casa Salomónica", creyéndose descendientes de Salomón y la Reina de Sabá (aunque ni siquiera se sabe con certeza si el encuentro entre los dos era para tanto...). E incluso el último Emperador de Etiopía, RasTafari, quien al ser coronado se llamó Haile Selassie, llevó el epíteto "León de Judá". Debían existir relaciones estrechas entre Etiopía e Israel antes del Cristianismo, porque es sorprendente que en las montañas etíopes se hayan conservado hasta nuestra época muchas tradiciones judías.
Desde su conversión al Cristianismo por el entonces bautizado Emperador Ezana en el Siglo IV, Etiopía es considerado - junto a Armenia - como el estado cristiano más antiguo del mundo. Sin embargo, la Iglesia Etíope ha conservado muchos elementos de origen judío, como p. ej. la circuncisión, la celebración del sábado judío, y muchos mandamientos relacionados con el ayuno o la prohibición de ciertos alimentos (prohibición de la carne de cerdo).
Y a finales del Siglo XII, durante el gobierno del Emperador Lalibela, en el lugar sagrado y apartado a 2800 metros de altura en las montañas que luego iba a llevar su nombre, se construyó la " Jerusalén Negra": las doce iglesias excavadas en la roca de Lalibela. Declaradas Patrimonio Universal de la Humanidad por la UNESCO en 1978, fueron inspiradas en el templo de Jerusalén - como se lo imaginaba en Etiopía - y excavadas de las rocas por un esfuerzo sobrehumano. El misionario portugués Francisco Alvarez, en el Siglo XVI, se quedó tan impresionado por esa maravilla arquitectónica que la comparó con la catedral de Santiago de Compostela: "está a maneira que a de Santiago de Galiza".
Desde el Siglo XV hubo contactos más frecuentes entre Etiopía y Europa, iniciados por la petición del Emperador Zara Yacob (1434 - 1468), quien motivado por la creciente amenaza islámica y la expansión del Imperio Otomano, enemigo común, había rogado a la Corona de Portugal que le mandara ayuda militar contra los invasores. Pasaron un par de décadas hasta que llegó una delegación de Portugal y el emperador mismo murió antes de su llegada. En 1520, una nave portuguesa con soldados y misionarios echó el ancla en el puerto de Massawa y en 1541, Cristovao da Gama, hijo del admiral y descubridor Vasco da Gama, llegó para apoyar la resistencia de los etíopes contra los invasores musulmanes. Al principio, no parecía tener éxito aquella iniciativa militar, porque Cristovao da Gama murió en la batalla y la invasión avanzó. Pero dos años más tarde, los invasores fueron vencidos y se retiraron de las montañas de Etiopía.
Paralelamente a una ayuda militar más bien esporádica, los portugueses organizaron - mano en mano con los españoles (1580 - 1640 España y Portugal fueron gobernados en unión personal por la dinastía de los habsburgos españoles) - otro tipo de actividades mucho más interesantes en el Imperio Etíope. Durante algo más de un siglo, desde 1520 hasta 1630, misionarios procedentes de la península y de diversas órdenes visitaron las residencias imperiales alrededor del lago de Tana - con la intención aventurera de convertir la Casa Imperial ortodoxa de Etiopía a la religión católica. Especialmente los jesuitas se dedicaron activamente a la realización de aquel proyecto político-religioso. Los primeros jesuitas, precursores de Pedro Paez, llegaron en el año 1557.
¿Quién mandó iniciar aquella extraña misión? ¿El Rey Felipe II. (1556 - 1598), soberano de España y Portugal y bien conocido por su afán de evangelización católica? ¿ O fue todo planificado directamente del Papa en Roma?
Obviamente, los dos, tanto el Pontifex Maximus como Su Majestad Católica, estaban muy interesados en convertir Etiopía en un imperio católico. De todas maneras, la intención de querer "evangelizar" precisamente el país cristiano más antiguo del mundo para aumentar la influencia del Papa y de las potencias católicas, se caracterizó por la arrogancia a veces ignorante de Europa. Probablemente, a Cristo le habría gustado más si unos misioneros etíopes hubieran iniciado la evangelización de una Europa decadente donde Papas como Clemente VIII. o Pablo V. se dedicaron con más fervor al tráfico de indulgencias y al nepotismo que al gobierno de las almas.
En la lejana Etiopía, Pedro Paez entró en largas discusiones teológicas con el Emperador Za-Dengel, con el que contrae fácilmente amistad, y sin duda, una de sus intenciónes fue la misión católica. Tuvo éxito: en el año 1604 el Emperador declara públicamente su conversión al catolicismo. Pero en el mismo año lo mataron durante una rebelión. Esa resistencia que desembocó en una guerra civil fue alentada por el Abuna Salama, el Patriarca etíope Petrus quien condenó a su emperador como hereje. Para el Patriarca, la conversión del emperador a la religión del odiado forastero resultó un escándalo y un emperador católico constituyó un peligro para todo el país.
No obstante, hay que diferenciar entre la intención general de evangelizar Etiopía y la actuación concreta de Pedro Paez como personaje histórico que bien merece respeto debido a dos razones principales. Paez no muestra directamente las características "negativas" de la orden de los jesuitas (lealtad total al Papa sin discernimiento y pretensión universal del catolocismo), sino representa más bien las calidades "positivas" de esa orden: afán de cultura, tolerancia hacia otras culturas y cierto sincretismo que trata lograr una unión entre tradiciones católicas europeas e indígenas.
Además, se interesaba verdaderamente por ese país que se convirtió en su segunda patria y dedicó no poco tiempo y unas mil páginas de su "Historia geral de Etiopia". El destino de una obra tan fundamental de la historiografía parece casi trágico, ya que sigue prácticamente inédita: la única edición de 1945 contó con muy pocos ejemplares, hoy casi todos perdidos menos media docena que se encuentran un oscuros rincones de bibliotecas universitarias o archivos portugueses. No existe ni una traducción española ni una amhárica. Y eso con lo interesante que sería para jóvenes etíopes del Siglo XXI leer las impresiones de un monje español escritas hace ya más de 400 años - una de las pocas fuentes extranjeras sobre la Etiopía de aquella época.
También para los europeos del Siglo XVII, sus descripciones debían evocar gran interés. Pues, el jesuita Pedro Paez presenta escenas de un país exótico que en muchos casos eran un estreno total para un público europeo. Ese aventurero de Dios descubre durante una excursión a la que fue invitado por el Emperador en el año 1618 las fuentes del Nilo Azul. Expresa sus emociones con las palabras modestas: "Confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver (en vano) el Rey Ciro, el gran Alejandro y Julio César."
Sin embargo, en su obra historiográfica, Pedro Paez comenta otro descubrimiento quizás incluso más importante para el resto del mundo. Posiblemente es el primer europeo quien describe los efectos estimulantes de la oscura bebida que le sirven calentada después de una ceremonia solemne: ¡Café!
A pesar del sinfín de experiencias, el descubridor, arquitecto (construyó varias iglesias en Górgora) e historiador Paez no olvidó su misión principal. Con el Emperador Susinios (Susneyos) III., quien ocupa el trono desde 1607 hasta 1632, también tiene largas conversaciones teológicas acerca de las diferencias entre el catolicismo y la iglesia etíope. Durante esas discusiones, parece que su afán de lograr la conversión del Emperador va disminuyendo a favor de un auténtico diálogo religioso. En vez de una "conversión" total de Etiopía empieza a favorecer la idea moderna de una unión entre las dos iglesias. Y cuando el soberano le comenta que pronto anunciará oficialmente su conversión, Paez le recomienda esperar y actuar más cautelosamente para no provocar de nuevo una guerra civil.
El día 20 de Mayo de 1622 Pedro Paez murió a causa de una fiebre - un año después de que Susinios hubiera anunciado su conversión al catolicismo. Los sucesores portugueses de Paez que vinieron a ejercer influencia en la capital de Etiopía, mostraron menos tolerancia y cautela.
El jesuita Alphonsus Mendez intentó prohibir muchas tradiciones etíopes, declaró que iba a re-bautizar todo el país y se autoproclamó como nuevo Patriarca de Etiopía. Así que desde 1622 hasta 1632 un jesuita llegó a ser oficialmente el Príncipe de la Iglesia Etíope, y junto al habsburgo Fernando II., el etíope Susinios III. se convirtió durante poco tiempo en el segundo emperador católico. El resultado fue un caos considerable y otra guerra civil.
Finalmente, en el año 1632, Susinios resignó, abdicando a favor de su hijo Fasildas. El nuevo emperador no paró en menudencias, poniendo bruscamente fin al "Intermezzo" jesuita: todos los jesuitas fueron expulsados de Etiopía, cinco de ellos fueron ejecutados. A principios de su largo gobierno (1632 - 1668) mandó construir la nueva capital Gondar a partir de 1636. Aquí se muestra que la larga presencia de los jesuitas también ha traído un par de ventajas, porque los arquitectos que construyeron los palacios imperiales de Gondar habían recibido sus conocimientos por los jesuitas. En nuestra época, los palacios de Gondar se han convertido en una atracción turística y de hecho no parecen muy africanos, sino por su estilo tienen cierta semejanza con castillos en Braga o Évora.
Sin embargo, ese enriquecimiento arquitectónico no ha impedido la profunda desconfianza de Etiopía a toda influencia europea, sembrada por la "invasión jesuita". Posiblemente, aquella desconfianza ha contribuído al hecho de que el Imperio Etíope como único país de África nunca fue colonizado por una potencia europea.
A finales del Siglo XIX, precisamente en el momento del máximo peligro de colonización, el Emperador Menelik II. venció gloriosamente a los italianos en la Batalla de Adua (1896) - esa primera y última victoria de un ejército africano contra tropas europeas en el Siglo XIX garantizó la independencia de Etiopía.
Es un detalle muy interesante que desde mediados del Siglo XX, el movimiento de los Rastafari en Jamaica y otros lugares empiece a venerar al Emperador Haile Selassie como Mesías. La dinastía "salomónica" del Imperio Etíope encontró su súbito punto final sin gloria con el asesinato de aquél último Emperador por los dictadores de la Junta militar socialista en el año 1975.
Pero la historia de ese singular país africano y de su Iglesia independiente siguen siendo fascinantes. Y esperamos que la obra fundamental de Pedro Paez, la que tanto podría contribuir para entender uno de los países más misteriosos del mundo, finalmente se traduzca y que la publiquen de nuevo.
  • Texto de: Berthold Volberg
  • Recogido de la publicación de: (Portugal: La "Invasión" de los Jesuitas en Etiopía: Pedro Paez y la "Conversión" del Emperador Susinios III)

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