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domingo, 25 de enero de 2015

Francia, la islamización y la caída del Imperio Europeo - Espejo para España

Francia, la islamización y la caída del Imperio Europeo

La última oportunidad perdida antes del Apocalipsis

André Waroch.- He nacido en 1976, en un suburbio hoy en situación de siniestro total, el ya famoso departamento 93 (Seine Saint-Denis, región parisina). Desde hace 20 años asisto a la sumersión de la Madre Patria por la inmigración musulmana. Llevo años documentándome, leyendo, tratando de entender el mundo que me rodea, tratando de comprender los mecanismos de la sociedad en la que vivo desde mi nacimiento, esta sociedad que está mutando a una velocidad increíble y, lamentablemente, en un sentido que me parece catastrófico para los franceses.
Se utiliza a menudo la expresión “guerra civil” para hablar del Apocalipsis étnico-religioso que nos espera, pero esta es en realidad inexacta. La Guerra de Secesión, por ejemplo, era una..... guerra civil (y ese es el nombre que los norteamericanos siempre la han dado), que enfrentó a gentes que se consideraban norteamericanos y que lo eran: mismo idioma, misma religión, mismo origen étnico. Nunca nadie ha considerado como una guerra civil el conflicto armado que opuso a las “Casacas Rojas” a los “Pieles Rojas”. Los indios no se sentían más norteamericanos que los norteamericanos se sentían indios, aunque vivieran en las mismas tierras.
Lo que va a ocurrir en Francia en los próximos 20 ó 25 años como mucho, salvo un cambio político extraordinario, será una guerra de civilizaciones, el fin del Imperio Romano a la potencia 10. En el siglo V, las hordas germánicas y húnicas se abalanzaron sobre el Imperio, y el Estado romano, que es el ancestro de nuestros Estados modernos, no pudo frenarlas. Todo se derrumbó: las instituciones, el ejército, la policía, la administración, las leyes, en definitiva: el marco legal que define la existencia de una nación en el sentido contemporáneo y cuyo inventor en Europa fue Roma.
De la misma manera que nuestros ancestros galorromanos, al dotarnos de un Estado, hemos tomado la costumbre de esperarlo tod o de él. Una autoridad desencarnada, impersonal, abstracta incluso, que reina sobre millones de almas y que debe resolver todos los problemas.
Ese Estado ha funcionado a trancas y barrancas durante siglos, tanto en Francia como en la Galia romana, pero las mismas causas producen los mismos efectos. Los germanos que se abalanzaron sobre el Imperio no encontraron casi ninguna resistencia. El Estado estaba agónico y la población civil había perdido, después de siglos de ocupación romana, todo reflejo de autodefensa, al contrario que las tribus llegadas de más allá del Rín, para las cuales el Estado centralizado era una noción totalmente desconocida. Hoy nos encontramos ante la misma situación. El francés autóctono, o de origen extranjero pero asimilado, no se entera de nada pensando que el Estado, el marco legal en el cual vive es eterno. Y sin embargo, este Estado se va a derrumbar ante los golpes de pueblos cuyo esquemas mentales son ante todo étnicos y tribales.
Lo que nos está pasando desembocará en algo peor que lo que le ocurrió a nuestros antepasados. En primer lugar, los germanos y los hunos nunca representaron más del 5% de la población de las Galias. Los actuales invasores, es decir los pueblos musulmanes, son ya el 15% como mínimo y están en continua y acelerada progresión.
Los hunos se fueron como llegaron, sin dejar huella. Los germanos que se instalaron en el país y tomaron el poder, los francos, lo hicieron refiriéndose constantemente a la legitimidad romana, como atestigua la conversión de Clovis (Clodoveo) al catolicismo romano, un acto político de enorme trascendencia. Los germanos admiraban la cultura, la imagen, la grandeza de Roma. Los musulmanes consideran despreciables nuestras instituciones, nuestra historia, nuestra cultura.
Hubo una fusión (mestizaje en el lenguaje de moda actual) entre los germanos y los galos latinizados. Pero la cultura germánica desapareció casi por completo, disuelta en la cultura mayoritaria. El islam no se disolverá, podemos estar seguros de ello. Desde ya podemos considerar que la asimilación de algunos musulmanes a la cultura francesa está ampliamente superada por la islamización de los europeos, y hasta de otros grupos de inmigrantes cristianos llegados de las Antillas, África o Asia que están en zonas de poblamiento musulmán.
Se dan casos aislados de miembros de la comunidad islámica que abandonan su civilización y se unen a la nuestra. Muchas veces se trata de mujeres que se casan con un no musulmán, y que en la práctica abandonan el islam, aunque a veces siguen definiéndose como musulmanas, por respeto a sus valores ancestrales. Pero si cortan todo lazo con su comunidad de origen sus hijos no serán musulmanes.
En cambio, asimilar a los musulmanes de Francia, un pueblo entero, entonces tenemos que decir que no es posible hacerlo. Partamos del principio de que nadie nunca lo ha logrado, comenzado por nosotros en Argelia, a pesar de más de un siglo de colonización.
No vamos a asistir a una guerra civil “clásica”, sino a un choque de civilizaciones en la tierra de Francia. No obstante, no podemos descartar la posibilidad de que no haya guerra, por falta de combatientes. Los dirigentes y el pueblo francés parecen suficientemente castrados para padecer sin rechistar, sin la sombra de una rebelión (o tal vez algunos pocos que serán castigados impiadosamente), la islamización completa de Franacia y la “coptización”, es decir la marginalización de los autóctonos, preludio a su desaparición (como los cristianos coptos en Egipto)
En cuanto a las soluciones políticas, no basta que un movimiento determinado a arreglar el problema llegue al poder. Sería necesario además que pudiera aplicar las ideas por las que fue elegido por el pueblo. Las pasadas elecciones han sido la última oportunidad de evitar la desaparición de Francia. Pero hemos perdido ese último tren. Mis dudas se han disipado, he llegado a la conclusión definitiva de esta íntima conclusión: el funcionamiento de la sociedad francesa, al estar basada desde 1789 sobre principios filosóficos rousseaunianos erigidos sobre dogmas, el Sistema no puede ser reformado, no va a cambiar, se caerá por si mismo, preferirá suicidarse antes que aceptar la demostración de la falsedad de sus principios sobre los cuales reposa enteramente.
Estos son los tres elementos que cargarán con la responsabilidad de la desaparición de Francia.
La causa: la culpabilización colectiva de los europeos occidentales respecto del llamado Holocausto, y por extensión, la colonización, la esclavitud, el “racismo”, la Guerra de Argelia, culpabilización llevada a cabo por el intermedio de los medios de comunicación, pero vuelta posible por los esquemas mentales heredados del cristianismo.
El vector: el acaparamiento, por una izquierda heredera de la casta burguesa meta-cristiana que tomó el poder en 1789, de la casi totalidad de los medios de comunicación, empezando por la televisión, fuente de información casi exclusiva de la población francesa, acaparamiento que permite la culpabilización masiva.
El medio por el cual los europeos occidentales y sobre todo los franceses se liberan de este insoportable sentimiento de culpabilidad recurriendo (siempre en una óptica que corresponde a esquemas mentales que ha seguido siendo, a pesar del agnostisimo superficial, fundamentalmente cristianos) a un proceso de expiación que toma la forma de un suicido colectivo a través la invasión, querida y organizada por los propios invadidos, de millones y millones de musulmanes que echarán, convertirán, masacrarán o reducirán a la dhimmitud a los autóctonos y los inmigrantes no musulmanes.
Una vez desaprovechada la última oportunidad de las pasadas elecciones, la partida está definitivamente perdida. Ahora bien, después del Apocalipsis, aparecerá otra cosa. Y es ahí donde entramos en la más completa incertidumbre.

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